| Artículos | 03 JUN 1994

Suele ser bastante habitual cuando está en juego un contrato de los considerados importantes, que simultáneamente a las fases de evaluación de ofertas, proliferan las intoxicaciones informativas...

Eugenio S. Ballesteros.

Suele ser bastante habitual cuando está en juego un contrato de los considerados importantes, que simultáneamente a las fases de evaluación de ofertas, proliferan las intoxicaciones informativas tendentes a crear un clima de esoterismo y desconfianza hacia los encargados de la selección, para que sean los de más arriba quienes, en ejercicio de la praxis de equidad y persiguiendo la estricta justicia, orienten la decisión conforme a criterios que algunos, confidencial y amigablemente, tuvieron la atención de exponerles en el transcurso de comida de trabajo. Estas prácticas son imposibles de erradicar porque no es factible someter a catarsis colectiva a quienes en defensa, dicen, de sus sagrados intereses, anteponen la consecución de la cuota a esas fruslerías llamadas valores éticos, antes muy apreciados. Ante esta panorámica, creo que es una satisfacción poder pregonar, casi como acontecimiento insólito, que he detectado confianza en los evaluadores y asentimiento con el proceso de selección que trata de dirimir el ganador para suministrar al Instituto Nacional de Estadística -por 1.250 millones de pesetas- equipamiento informático con destino a sus servicios centrales y delegaciones provinciales, que servirá de soporte a la implantación del nuevo Sistema de Gestión del Censo Electoral. La expectación es evidente, lo mismo que se considera normal la preocupación de los participantes por conocer la evolución de las calificaciones, y no poderse desprender del nerviosismo a flor de piel. Doce empresas, doce pesos pesados del sector, han hecho la mejor oferta que podían, creyendo sintonizar con las necesidades y preferencias del usuario. Lo malo es que, excepto una, todas las demás serán perdedoras.

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