Economía digital | Artículos | 01 MAY 2003

Controversia sobre las publicaciones científicas en Internet

Piedad Bullón.
Nadie ignora que Internet está asociada, desde su gestación, a la difusión del conocimiento científico. El impacto que ha alcanzado desde entonces y las consecuencias que se desprenden para la comunidad científica son temas de una controversia muy actual.

Mientras la discusión se ventila en la prensa, siguen adelante iniciativas ­–como la llamada Internet 2, la Grid o la web semántica, así como el concepto P2P y el lenguaje XML– que prometen llevar aún más lejos esa íntima relación con la ciencia. Y es precisamente la comunidad científica la que está proponiendo la pérdida de influencia de las publicaciones en papel, con un paralelo ascenso de las que se editan online.
No se trata sólo de una cuestión de costes: la funcionalidad de la respuesta a las necesidades de los científicos es el factor determinante para decidir cuál será el futuro modelo. Y aquí empiezan las discrepancias entre lo que proponen unos y otros.
Algunos datos son reveladores de la dimensión del problema. El año pasado más de 16.000 científicos de 139 países firmaron una carta abierta promovida por Michael Eisen, genetista de Berkeley y fundador de PloS, Public Library of Science, [www.publiclibraryofscience.org], cuyo punto de vista comparten: la literatura científica no debería ser monopolio de un editor. En diciembre, PLS anunció haber obtenido una donación de 9 millones de dólares, aportada por la Fundación Gordon Moore (sí, el de la ley de Moore) para poner en marcha sus propias publicaciones, dirigidas y controladas por científicos, como demostración de que otro modelo es posible. Sin embargo, el anunciado boicot contra los editores que se nieguen a poner sus archivos en régimen de libre acceso, no parece haber hecho mella en el negocio de la edición científica.
Las publicaciones científicas, por su parte, se han apuntado un triunfo al conseguir el cierre forzado de PubScience [www.osti.gov], un portal que desde 1999 gestionaba el Departamento de Energía estadounidense, y que suministraba acceso en la WWW a resúmenes y citas de 1.200 publicaciones en el campo de la física y ciencias afines. La lectura de los resúmenes era gratuita y si el interesado quería acceder al documento completo, disponía de un enlace al editor. El caso es que PubScience, subvencionado por el gobierno federal, tuvo tanto éxito que despertó la indignación de al menos dos firmas –Scirus [www.scirus.com] e Infotrieve [www.infotrieve.com]– que ofrecen servicios similares mediante pago. Al final, la presión del lobby consiguió que el Congreso eliminara la partida presupuestaria que permitía financiar el portal. La lógica es la siguiente: si lo hace el mercado ¿por qué ha de hacerlo el gobierno?

Choques
Estos choques no se daban en el pasado, cuando el único medio de publicación era el papel, y los costes de impresión y distribución debían recuperarse de algún modo. En principio, Internet debería eliminar esas barreras: por supuesto, no todos los costes desaparecen, aunque algunos ya no son esenciales. El control de calidad, que diferencia la literatura científica seria, revisada por especialistas, de la difusión anárquica y vanidosa de resultados dudosos, cuesta dinero. Pero varios episodios chuscos han puesto de relieve que tal evaluación es frecuentemente un engaño y que los filtros de los editores son demasiado generosos, con tal de producir titulares en la prensa general.
Pero aunque los científicos están más interesados en la libre circulación de las ideas que en los costes, el problema del acceso a la información también es económico. Las, digamos, 20.000 publicaciones regulares publican cada año unos 2 millones de artículos. El precio pagado colectivamente en un año por las bibliotecas que pueden permitírselo equivale a unos 4.000 millones de dólares, lo que significa que cada artículo se vende, en promedio, a 2.000 dólares. A cambio de esta suma nada despreciable, el artículo está a disposición de los lectores de las bibliotecas abonadas, y sólo de esas bibliotecas. A menos que, y así se hace con frecuencia, distintas bibliotecas se concierten para compartir copias de una misma suscripción. Pero aun así, subsiste el problema de que una suscripción da derecho restringido a consulta de los archivos, y ese derecho no se puede compartir. Para los investigadores, tanto o más que el último número de una revista, lo que importa es acceder al archivo de una revista.
Es evidente que algunas editoriales se han habituado a la fórmula de precios elevados –en incremento más rápido que la inflación– para publicaciones de baja circulación pero en número también creciente, lo que garantizó durante años unos beneficios que para sí quisieran otras ramas de la edición. Así, esos editores especializados han contribuido a lo que dio en llamarse serial crisis. Muy pocas bibliotecas pueden permitirse la suscripción siquiera a una fracción significativa de la literatura científica que se publica. Las raíces de esta crisis se remontan a más de veinte años atrás, cuando los científicos adoptaron la regla de que sólo hay dos caminos: publicar o desaparecer de la escena. Esto, junto con la proliferación de subdisciplinas, acentuó la posición dominante de los editores comerciales sobre la comunicación científica.

Foros
En los foros científicos, mientras tanto, se discuten asuntos como las facilidades

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