Economía digital | Artículos | 01 ABR 2002

El orgullo de Internet

Javier Monjas.
¿Y el orgullo? ¿Dónde quedó el orgullo Internet?, preguntan desde dentro y fuera del sector. ¿Y la raza de los revolucionarios, dónde los rebeldes, los visionarios, los utópicos, tan callados ahora?. Una especie de silencio estupefacto ha seguido a la explosión de la burbuja y el sector se ha convertido en una secta.

La revolución existe. La revolución está en esas tres nuevas líneas de código, en un nuevo servidor, en ese innovador servicio de comunicación, en un nuevo programa... la revolución continúa latiendo en cada correo electrónico, en el gran website de negocio electrónico y en la titubeante página de un adolescente, en cada alerta transmitida a un móvil, en cada móvil enviando a otro aparato una picardía electrónica..
Había que seguir. De hecho, había que empezar. En el caso de Internet, y debido a que nació de una explosión, había que empezar consolidando. Quizás con las mismas reglas que los demás, pero también sin perder los horizontes lejanos de quienes se arrojaron a un espacio sin explorar, sin cables de seguridad, sin modelos previos, sin miedos pasados.
La Asociación Nacional de Empresas de Internet (ANEI) surgió precisamente de la necesidad de reagrupamiento, de sentar en una misma mesa a todos quienes se habían lanzado a la conquista, de intercambiar información y negocio de forma directa e inmediata, de presionar legítimamente con la credibilidad de quienes realmente decidieron jugar el juego.
En ese sentido, ANEI ha nacido para gestionar la madurez del sector. Desde dentro del propio sector. Contando con todos los sectores del propio sector. Con todos los interlocutores que pueden influir en el sector. Administración, patronales y sindicatos ya se han dirigido a nosotros para meternos en profundidad en la batalla, alejados de experimentos extraños e ingenuos, llegada la hora de la verdad, como los demás, con sus mismas reglas.
Enseguida comenzaron a llegarnos invitaciones desde los más diversos ámbitos. El Instituto Cervantes nos pedía compromisos de calidad en la defensa y uso del español en Internet. Unicef, la creación de un sello ético en defensa de la infancia. ANEI también ha sido formalmente reconocida como patronal del sector por parte de una organización tan poderosa como la CEIM, que preside Fernando Fernández-Tapias, una de las principales organizaciones dentro de CEOE.
Ya antes de esta decisión, Comisiones Obreras había invitado a ANEI a abrir un diálogo en torno a las condiciones laborales en el sector, comenzando por un estudio en profundidad del teletrabajo. El sindicato quería, a través de su Federación de Comunicaciones (la más poderosa tras la famosa del Metal), que la Asociación participara en la formación de los miles de profesionales y pymes a los que el sindicato ofrece servicios.
Incluso antes, en las primeras semanas desde que nació ANEI, el Ministerio de Ciencia y Tecnología había saludado de forma explícita la creación de una mesa única para el sector que sirviera a la interlocución con el gobierno sin la dispersión de asociaciones existente y sin los secuestros de reivindicaciones por grupúsculos minoritarios no empresariales de reducida o nula implantación y menor representatividad pero muy ruidosos a falta de auténticos actores activos en el liderazgo del sector.
Después llegaron las invitaciones de UGT y del Partido Socialista Obrero Español, y los contactos con los grupos parlamentarios, en medio de permanentes y cordiales comunicaciones con la administración, haciendo llegar nuestras observaciones –las de nuestras empresas– al anteproyecto de firma electrónica o al proyecto de Ley de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico, con sugerencias, con críticas, con mejoras, con dudas.
Ese es el papel activo que plantea ANEI. Se trata de jugar tan a lo grande como cualquier otro sector. Mucho más incluso, puesto que de Internet y de las nuevas Tecnologías de la Información depende el futuro del país como estado avanzado y moderno, por primera vez alejado del funcionarismo, de la oposición como única salida, del trabajo de por vida, del nulo riesgo, del que inventen los otros...
Una de las decisiones estratégicas más delicadas fue responder precisamente a la invitación de Comisiones Obreras. En nuestra primera reunión exploratoria, el sindicato, por boca de los máximos responsables de su Federación de Comunicaciones, nos invitó a abrir el diálogo social y nosotros les respondimos que el sector no estaba precisamente para convenios colectivos, ni para presiones, ni para adoptar modelos periclitados de oposición patrones-trabajadores, entre otras cosas, porque una de las cuestiones que había que salvar como fuera era la del orgullo del emprendedor, del empresario-trabajador, de la start-up que nace tan débil como desafiante.
Dios Santo ¿y qué tenemos que hablar nosotros entonces con Comisiones Obreras?, nos decían algunos de nuestros socios. El espectro del obrerismo decimonónico se alzaba sobre la sociedad de la información del siglo XXI. Estaba el precedente de Sintel, un sindicalismo de chabola y piscina de plástico en mitad del centro de negocios de Madrid, la crisis de la alta tecnología convertida en un patético espectáculo.
Dios Santo ¿y qué tenemos que ver nosotros con todo eso?, nos decían. Y esa era precisamente la respuesta. Poco o nada. Pero los sindicatos, junto con el gobierno, son los interlocutores sociales, quienes definen la política social, la

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