Economía digital | Artículos | 01 MAR 1999

No es oro lo que brilla

Piedad Bullón.

Perplejos, varios lectores han preguntando a esta revista si en el titular de esta sección el mes pasado no sobraban ceros . Respuesta: no . Las escuelas de Estados Unidos ( públicas y privadas, primarias y secundarias ) invierten 5 . 000 millones de dólares anuales en la compra de tecnologías de la información ( 750 . 000 millones de pesetas o 5,5 millones de euros, si se prefiere ) . Un lector añadía otra pregunta: ¿ cómo se financia en América la implantación de Internet en las escuelas ?

Cuestión muy pertinente, aunque la respuesta puede desazonar a más de un educador español . Según las fuentes consultadas, el 70% de las escuelas norteamericanas están conectadas a Internet; sin embargo, sólo el 18% de las aulas disponen de esa conexión, aunque ambas proporciones cuadruplican las de dos años atrás .

La Administración Clinton ha promovido intensamente el uso de las TI en las escuelas, y es sabido que éste será uno de los temas de campaña de Al Gore para las próximas presidenciales que van a acontecer en en este país .

Un paso fundamental en esa política ha sido la decisión de la Federal Communications Commission ( FCC ) , que aprobó en 1997 un plan de subvenciones —de entre el 20 y el 90%— a la compra de equipos y contratación de ser-

vicios de comunicación en fa-vor de las escuelas y bibliotecas públicas .

La medida contempla de-dicar a ese fin cada año, du-rante los próximos diez, 2 . 250 millones de dólares, producto de la aportación que hacen los operadores dedicados a las telecomunicaciones para man-

tener el servicio universal . El plan —que ya es conocido como e-rate— ha encendido la crítica de las compañías telefónicas ( que se quejan de tener que pagar un impuesto adicional ) y también de los fundamentalistas del mercado ( para quienes el Estado no tiene nada que hacer en la educación ) .

Este programa de subvenciones es gestionado por una agencia totalmente independiente, School and Libraries Corp . que es la encargada de recibir las peticiones, evaluar el plan tecnológico de cada escuela, asignar los fondos y controlar su implantación . Hasta el momento se han presentado unas 30 . 000 solicitudes, pero los recursos disponibles ( sólo 1 . 300 millones en 1998 ) han alcanzado para aprobar 18 . 000 .

La agencia recomienda que los planes se desarrollen durante tres años: “la planificación a largo plazo es im-portante para toda implantación de TI . No obstante, habida cuenta el ciclo de desarrollo de las tecnologías, conviene que las escuelas no hagan planes más allá de tres años” .

Las escuelas públicas norteamericanas recurren a va-rios mecanismos para financiar sus inversiones, apelando a la sociedad civil . Incluso hay en Internet una página ( PENCIL ) en la que se registran peticiones, así como un directorio de potenciales do-nantes .

Pero, en realidad, solamente el 3% de la financia-ción obtenida procede de empresas u otras fuentes privadas, lo que significa que la mayor parte proviene del gobierno federal o de los estados . Los administradores escolares se quejan, empero, de que resulta más fácil conseguir dinero para comprar ordenadores que para reclutar maestros .

El programa e-rate pretende ser equitativo . Las subvenciones ( del 20 al 90% ) están pensadas para favorecer a las escuelas de barrios pobres y distritos rurales . Pero también en esta cuestión los administradores tienen algo que decir: los edificios escolares están en tan mal estado que, antes de conectar un ordenador, sería imprescindible renovar la instalación eléctrica, como poco, y para eso no hay presupuesto . Añaden que comprar PCs está muy bien, pero cuando se averían tardan entre dos y tres semanas en repararse .

La equidad es un objetivo difícil de alcanzar . En Estados Unidos, el 76% de los hogares con rentas superiores a 75 . 000 dólares anuales dispone al menos de un ordenador; la proporción cae al 32% entre los que ingresan 35 . 000 dólares . Por otra parte, el 41% de las familias blancas tienen ordenador, pero sólo el 19% de las familias negras o hispanas pueden decir lo mismo . Esta desigualdad tiene su réplica casi exacta en las escuelas a las que acuden los hijos de esos dispares hogares norteamericanos .

No obstante, el gobierno estadounidense está modificando su discurso educativo, hasta ahora enfocado hacia el entusiasmo tecnológico, en favor de un contexto más amplio: el modo en que se usa la tecnología, y la formación de los maestros para sacarle partido . “Hay gente que nos pide tecnología porque no la tiene; pero hay otros que tienen equipos y preguntan qué hacer con ellos”, explica crudamente un informe dedicado al tema que nos aborda .

Varios estados promueven la articulación de consorcios escolares para que la compra, el uso y mantenimiento de la tecnología, sean más eficaces . Y, para paliar la ignorancia de muchos maestros, se han montado varios sitios dentro de la Web ( tres ejemplos pueden ser Alphabet Superhighway, Free Resources y AskERIC ) con diversas ba-

ses de datos de lecciones así como un servicio de consulta a cargo de expertos en tecnología educativa que sirven como soporte básico y aportan una ayuda inicial a estos maestros .

Al fin de cuentas, lo que desde España pudiera parecer envidiable, se queda en que sólo el 3% de las escuelas estadounidenses logra in-tegrar adecuadamente las TI . Siempre entendiendo el término “integración adecuada” como una combinación de va-

rios criterios . Entre los más importantes podemos citar los siguientes:

1 ) número de alumnos por ordenador ( se considera que 3:1 sería la proporción idónea ) .

2 ) acceso a Internet .

3 ) nivel de formación de los docentes en el uso de las tecnologías .

Linda Roberts, u

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