Entrevistas | Noticias | 03 JUN 2020

"El humor es la última frontera entre los humanos y las máquinas"

Hablamos con Marta García Aller, autora de 'Lo imprevisible', un libro sobre los desafíos más humanísticos en la era de los algoritmos.
Marta García Aller
M. Moreno

 

Lo imprevisible, el último libro de la periodista y escritora Marta García Aller, se define como una de las grandes fronteras entre lo humano y lo tecnológico. En la era de los algoritmos, estos no tienen ni sentido común ni empatía, pero tampoco son tontos o estúpidos. Estamos muy lejos de esa sociedad futurista que aventuraban las películas de ciencia ficción en que las máquinas eran prácticamente idénticas a las personas. Ahora, el desafío de la tecnología, tal y como defiende la experta, es conocer sus limitaciones, legislarla y poder hacer de esta nueva revolución industrial "un mundo más justo".

¿Dentro de estos tres factores, se posiciona la autora del libro con alguno de ellos; lo humano, lo tecnológico o lo imprevisible?

Me parecen tres factores indisociables. El mundo actual no se entiende sin la tecnología, sería imposible explicarlo sin la inteligencia artificial, el big data o Internet; pero tampoco sería posible hacerlo sin lo humano y cómo actuamos y evolucionamos en sociedad. Por eso hago referencias históricas a momentos en los que hemos cometido errores parecidos a los de este siglo. Intento plantear este paradigma desde diferentes puntos de vista, no me posiciono. Los desafíos son enormes y las tecnologías que estamos desarrollando ahora son tan poderosas que generan numerosos problemas. Pero, no tenerlas también lo haría. Estamos en una encrucijada y es mejor plantear el futuro con la mayor innovación posible, pero conociendo sus limitaciones para poder regular y crear un mundo más justo.

¿Cómo estamos utilizando la tecnología? Plantea en el libro que China, tras el brote de SARS de principios de siglo, estaba totalmente preparada tecnológicamente para una futura pandemia. Esa pandemia ha llegado y los algoritmos no estaban en buenas manos, ya sea por intereses políticos o por miedo.

No basta con tener una tecnología aparentemente perfecta si no entendemos cuáles son los condicionamientos de las personas que la utilizan. Parece que los responsables de los hospitales de Wuhan, que tenían que haber apretado el botón de pánico para este virus, no lo hicieron porque había miedo a enfadar a Pekín. Ese factor es muy importante para entender que las máquinas no van a ser infalibles si somos nosotros los que tenemos que aplicarlas al mundo real.

¿Está la tecnología global, entonces, en malas manos?

No. Decir eso sería una generalización. Los algoritmos están en todas partes, en las que hay buenas y malas manos. Pero, nunca hemos tenido tan pocas manos capaces de generar un impacto tan importante, ya sea positivo o no. La globalización se basa en una interconexión tan brutal que lo que pasa en cualquier parte puede generar consecuencias en todo el mundo, y eso nos hace más vulnerables.

 

"Somos libres de apagar las máquinas, y si no lo hacemos más a menudo es porque no concemos sus riesgos"

 

Bien gestionada, ¿la tecnología nos puede hacer más libres? Hay cierta sensación de que reduce las capacidades de elección de los ciudadanos.

Estamos ante una paradoja. Nunca hemos tenido un abanico tan amplio de opciones y, sin embargo, esa sensación de que nuestras opciones vienen determinadas por un algoritmo es bastante habitual. Cuantas más opciones nos den como consumidores, a veces, compramos menos porque nos bloquean. No estamos preparados. No es que no seamos libres de obtener lo que queramos sino que no estamos capacitados para elegir entre tanta oferta. Es un nuevo desafío. A medida que los sistemas de gestión de datos y predicción vayan mejorando podremos elegir mejor entre nuestros gustos, pero corremos el riesgo de ser más homogéneos. Aunque no creo que el libre albedrío esté en peligro, hablamos de máquinas a las que se les acaba la batería. Somos libres de apagarlas y si no lo hacemos más a menudo es porque no conocemos bien sus riesgos. No empezamos a ser menos libres, sino más conscientes de hasta qué punto la tecnología es la intermediaria de todo.

¿Esa globalidad interconectada está generando una brecha, o un nuevo sesgo social, tan excluyente como ha podido, y puede ser, el racismo, entre los que tienen acceso a las nuevas tecnologías y los que no?

Ese riesgo existe. Para ello es importante legislar, y eso no lo hacen las máquinas. Hay que fomentar la igualdad de oportunidades. A principios del siglo XX había una gran brecha entre los que tenían electricidad y los que no. Pero, la velocidad a la que se han implantado los smartphones no es comparable a ninguna otra tecnología. El teléfono fijo tardó casi 70 años en llegar a la mayoría de los hogares en España. En apenas una década, los móviles se han democratizado. Es cierto que existe una brecha digital, pero también lo es que se está ayudando a reducir. Existen muchos países en vías de desarrollo en que, gracias a la telefonía móvil, hay personas que no pueden ir a una sucursal bancaria físicamente pero tienen acceso a microcréditos. A lo mejor, pueden tener más cerca el acceso a una cuenta de Facebook que al agua potable. Es una paradoja que es diferente a la concepción de la evolución que tenemos en Occidente. Muchas cosas han cambiado pero no podemos tener los mismos conceptos que en el siglo pasado.

La brecha digital también existe en países desarrollados. Por ejemplo, muchos alumnos no tienen acceso a Internet y por tanto no han podido dar continuidad a sus clases durante el confinamiento, lo que agrava mucho más el problema.

Absolutamente, pero el problema no es tanto de la tecnología sino de que el sistema educativo no ha garantizado una igualdad de oportunidades, no se había preparado para resolver esta brecha digital. No basta con lanzar una tecnología al mercado, necesitamos políticas públicas que solucionen estos desafíos. Soy muy reticente a culpar a las nuevas tecnologías de los desafíos digitales. La pandemia ha puesto de manifiesto que la tecnología todavía no es accesible para todo el mundo. Se crean falsas burbujas en las que tenemos la sensación de que todos tenemos acceso a Internet y a dispositivos, y no es así.

 

"Hay personas en el mundo que tienen acceso a Facebook y no al agua potable"

 

¿Cuál es el papel de la tecnología, ya sea en redes sociales o con sesgos que introducimos a las máquinas, en temas sociales y políticos como el racismo o las revueltas que estamos viviendo en Estados Unidos actualmente?

El racismo y las revueltas sociales han estado con nosotros mucho antes que Internet. Lo que tenemos ahora es una tecnología catalizadora que, por una parte, fomenta la polarización en redes sociales, porque los algoritmos dan más visibilidad a las posiciones extremas, en vez de hacer más diversa la opinión pública. Por otra parte, acelera la puesta en marcha de todo tipo de protestas. Las revueltas actuales en Estados Unidos se han visto despertadas por un homicidio grabado por un teléfono y que se ha extendido rápidamente. De no ser así, esa injusticia hubiese pasado inadvertida, como tantas otras veces. Contamos con una tecnología ubicua para la que no hacen falta intermediarios para difundir el mensaje. ¿Eso es bueno o malo? Cómo gestionemos el problema será cosa de los humanos. Lo que tenemos es un altavoz, un arma poderosa que no sabemos controlar.

En el libro habla de la imaginación para confeccionar el futuro, con ejemplos de varias películas de ciencia ficción que adivinaban un ahora presente con máquinas muy semejantes a los humanos. ¿No cree, por el contrario, que está saliendo mal el experimento y que la aproximación a los robotos nos hace a las personas cada vez más autómatas y con menos poder de decisión?

Estamos lejos de ser autómatas, pero también de ser seres tan racionales como nos creemos. Muy a menudo, cometemos estupideces que van en contra de nuestro interés. Hay una cosa que nosotros tenemos que las máquinas no, y es el sentido común de cómo funciona el mundo. Además, los humanos somos creativos, empáticos y, en ocasiones, tontos,  y eso las máquinas no terminan de entenderlo. Una de las cosas que nos vuelve impredecibles es la estupidez. Y, la última frontera entre nosotros y las máquinas es el humor. Es muy difícil que un robot entienda una ironía. Es un canto a la esperanza de lo lejos que están las máquinas de ser como nosotros.  

 

"Hay que entender que las máquinas no van a ser infalibles si somos nosotros los que tenemos que aplicarlas al mundo real"

 

¿Cómo imagina el futuro post coronavirus y cuál será el rol de la tecnología en él?

El papel de la tecnología va a ser fundamental tanto para mantenernos en contacto si hace falta prolongar la distancia y el aislamiento socia,l como para encontrar un remedio o un tratamiento a la enfermedad. También en la seguridad, que va a despertar nuevos desafíos con respecto a la privacidad, aunque este debate ya estaba en auge en los últimos años. No sé si aprenderemos la lección de la importancia de prevenir las grandes catástrofes, por ejemplo, para el cambio climático, que no es una amenaza lejana, en absoluto.

De cara al futuro laboral, se habla ahora del teletrabajo masivo y de que ha venido para instalarse después de la pandemia. ¿Quién decidirá que el teletrabajo será la mejor opción; los empleados, las empresas o las grandes tecnológicas?

En principio, el problema está en cuánta gente podremos estar en un determinado espacio y cuánto dinero le va a costar a las empresas aclimatar las oficinas para que se cumplan las distancias. Si el coste de hacer esos espacios para volver al trabajo con seguridad es mayor que invertir en el trabajo en remoto, las empresas serán las primeras en recurrir al teletrabajo. Pero, también hay otros costes asociados que la sociedad tiene que tener en cuenta, como la conciliación, cuidar de los hijos… Hay muchos baremos que hay que estudiar y que no dependen de los deseos de las tecnológicas, ni siquiera de los trabajadores y de los empresarios. La prioridad ahora es la salud y evitar los contagios. Además, el teletrabajo solo es posible para una minoría de la población.

¿Se han convertido los denominados GAFA (Google, Amazon, Facebook y Apple) en el poder fáctico más importante de la actualidad?

El poder que acumulan las grandes tecnológicas se puede comparar al de las grandes corporaciones del petróleo de principios del siglo XX. Como pasó entonces, ahora se reabre el debate de si las grandes tecnológicas tendrían que dividir sus negocios por haber acumulado tanto poder. Desde luego, hay que pensar en cómo pagan impuestos estas organizaciones. Pero también son las empresas que pueden generar más beneficios y sus datos pueden ayudar a encontrar soluciones urgentes, como en el caso del coronavirus. No me parece justo que se las vea solo desde un prisma oscuro, todo tiene una cara y una cruz. Si hay alternativa a ellas o no es una decisión que toman los consumidores.

 



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